Si en el futuro, en uno de esos peculiares juicios de nuestra Justicia, a algún declarante o a alguien que pasaba por allí se le ocurriera mencionar a un tal “P. Sánchez”, el juez no tardaría ni una fracción de segundo en inferir (el verbo de moda) que se trataba de Pedro Sánchez, el Presidente del Gobierno español.
En este caso no habría la menor vacilación. Por supuesto, podría haber algunas dudas, dado que “Sánchez” es un apellido mucho más corriente que, por ejemplo, el de “Rajoy”. Pero la Justicia dictaminó (sin que le temblara el pulso, como se dice en estos casos) que aquí la inferencia era inmediata y obvia. Y legiones de jueces celebraron jubilosos la brillante decisión de colgar al Presidente Pedro Sánchez la condición de sospechoso, o imputado, o investigado o todo a la vez y finalmente la de culpable y condenado. Además se aprovechó para arreciar contra su familia, y aprovechando para destacar la pureza virginal de las familias de otros políticos. Y no faltó una apenada declaración-disculpa del juez sentenciador lamentando que ya no existiera la pena de muerte.
Bueno, pero ¿de qué se acusaba al “P. Sánchez” en cuestión? Eso es irrelevante, y lo importante es que por fin el malvado Presidente iba a pagar por todas sus mejoras a la población de currantes en general, incluso a sucios obreruzos, y demás extravagancias y maldades de su abominable y corrupta existencia.
Es lo que hay. Y tras este audaz y luminoso fallo judicial serian espectaculares las celebraciones y alharacas en el Consejo General del Poder Judicial, con banquetes y cohetes, togas enjaezadas, guateques en juzgados y fiscalías, y muchos sesudos artículos y discursos de lo más florido de la mejor ciencia jurídica española. Todo ello amenizado por los grupos de música y danza de los partidos políticos de la Zona Nacional.
La sagacidad y el valor de ese juez pasará a la Historia de la Justicia Española.
